Fuimos como Cuba, pero ya no.



Desde los mismos inicios, o incluso desde los momentos previos a la consolidación del liderazgo chavista-revolucionario en Venezuela ya encontrábamos pesimistas y agoreros personajes que anunciaban en un tono hasta de execrante y condenatorio hechizo la posibilidad que existía (según sus deseos de fracaso para el “proyecto” de HRCF) de hacer que nuestra realidad de país llegara a ser en condiciones sociales, políticas y económicas “igual” a Cuba;  “Ese lo que quiere es importar la revolución cubana para nuestra Venezuela”, con sus consecuencias y con la misma duración de sus liderazgos, decían.

Muchos nos defendimos, aclarando que la realidad cubana y la venezolana en muy poco o nada coincidían, y esgrimimos un costal de razones y argumentos que mucho hicieron dudar a opositores y “ninis”; pero poco a poco, y más acentuadamente con la pérdida del comandante y líder de la nueva “revolución”, fuimos viendo la transfiguración de ambas realidades en una especie de intercambio que a muchos sorprendió internamente y a otros terminó alegrando por lo útil que terminaría resultando para satanizar a la propuesta ideada y liderada por Hugo Rafael Chavez Frias primero y luego tratada de impulsar y sostener por Nicolas Maduro Moros.

Innegable es la advertencia que hacían los detractores en los años 99 o 2000 con respecto al tema de producción y abastecimiento alimenticio llamando la atención hacia la publicitada “libreta de racionamiento” cubana y las dificultades de pueblo cubano para acceder a una alimentación digna; o más tarde con relación a los llamados “CDR” y su equivalente local en los círculos bolivarianos; Esa era una publicidad que no aceptábamos en ese momento, por improbable y por injusta.  Cuanto más al momento de enfrentar los comentarios y advertencias con respecto a la intención de nuestro líder de perpetuarse en el poder en Venezuela tal y como lo hizo el comandante de la isla caribeña.

A lo largo de los últimos 20 años hemos asistido a una transformación por demás traumática, pero que sin duda alguna a la par de haber disminuido los niveles de nuestra calidad de vida, nos ha dejado también a los venezolanos y más a quienes participamos activamente en la consolidación (aparente) del gobierno revolucionario, en un nivel de perplejidad nunca imaginado.

Nunca imaginamos no poder acceder a un pasaporte después de haber extendido jornadas continuas de identificación y cedulación por todo el país como política nacional prioritaria; Nunca imaginamos ganar el equivalente a 2 dólares al mes después de tener nuevamente uno de los salarios mas competitivos; Nunca imaginamos que no podríamos comprar los más básicos medicamentos y que la gente moriría en los hospitales a consecuencia de la incapacidad del gobierno de reponer los inventarios; Nunca imaginamos no poder acceder a servicios médicos elementales o especializados debido a su alto costo y la incapacidad de acceder a seguros privados o laborales; Nunca imaginamos no poder renovar los más elementales equipos o electrodomésticos; No imaginamos superar medias internacionales en pérdida de peso global de manera tan dramática en el venezolano; No imaginamos disminuir los niveles de ingreso y sostenibilidad de nuestras matriculas en los diversos sectores de la educación tanto universitaria como diversificada y primaria; No imaginamos nunca la migración de más de 4 millones de venezolanos; No imaginamos muchas cosas que hoy en día nos están pasando y que definitivamente a Cuba no le han pasado ni le pasaran.

No imaginamos nunca que después de haber nacionalizado la industria petrolera, tendríamos que importar combustible y entregar a Rusia o China el 100% de la operatividad de campos petroleros enteros; No imaginamos después de haber llegado a niveles importantes de servicio de la deuda externa pública nacional, incluso, después de haberla cancelado en su totalidad para tener que preocuparnos ahora por la posibilidad real de sobreendeudarnos con países que al igual que con EEUU auguran nuevos momentos de dependencia y esclavitud financiera para nuestro país; No imaginamos nunca después de haber obtenido aumentos del PIB en 4 años consecutivos, o después de haber sido declarados como territorio libre de analfabetismo, o después de ser líderes en la inclusión de TICs en el área educativa publica de Latinoamérica,  o después de ser reconocidos como uno de los países con mayor incremento de la matrícula de educación universitaria publica, o después de haber vencido en 18 de las 20 contiendas electorales habidas en la Venezuela contemporanea, o después de obtener (supuestamente) todo el control del aparato gubernamental en nuestro país; En verdad, no imaginamos nunca como podríamos ver la acumulación de efectos tan perjudiciales para la subsistencia de los ciudadanos y ciudadanas de todos los estratos sociales; No imaginamos como después de haber sido certificados como uno de los países con mayor crecimiento de la penetración y uso de internet o después de haber sido uno de los países con mayor media en el acceso a equipos y tecnologías de avanzada; No imaginamos como podríamos llegar al punto de ser uno de los países con mayor incremento de algo llamado deselectrificación.

No imaginamos nunca ser un grupo social que no posee ningún ánimo revolucionario, habiéndose preciado de ser la cuna de la revolución latinoamericana del siglo XXI y los padres del ALBA; No imaginamos que nuestro sentido crítico, el que nos llevó a ejercer presiones decisivas ante las estructuras de poder en la llamada cuarta república desaparecería en medio de dos décadas de experiencias castrantes de la protesta y la denuncia.

Todas estas aseveraciones, y muchas más, nos hacen pensar que definitivamente no somos Cuba, ni nos parecemos a Cuba. Lo que pasa en Venezuela, lo que nos pasa a los venezolanos es algo inédito y enfáticamente debe decirse que en algún momento si pudimos ser como cuba pues coincidimos en algunos aspectos puntuales, pero no somos iguales ni padecemos lo mismo.

No nos presionan las mismas fuerzas ni nos medimos contra los mismos enemigos; tal vez podríamos aceptar que en algún momento de nuestro camino hacia la autodestrucción fuimos como ese país caribeño en lo bueno y en lo malo, pero ya no lo somos.

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